No quería olvidarle; tampoco quería recordarle. Y, no le estaba echando, era ella la que se estaba yendo. Quería esfumarse, como las melodías que una vez salieron del piano que ya no tenía fuerzas para tocar. Se esforzaba en creer que sí, pero no era la misma.
A los dieciséis ya sabía que era él. No entraba dentro de sus planes, pero consiguió descolocar su vida. Intentó no desear besarle; intentó no querer mirar a esos ojos marrones que se habían convertido en el centro de su universo, tan profundos como infinitos que se llevaban por delante todo lo que los mirase.
Después de rozar la cima más alta del cielo, se chocó con un infierno ardiente; ella no lo buscó, ni siquiera recordaba el camino que hicieron sus pies, pero ya no podía remediarlo y se encontraba ahí, parada, esperando que el destino moviera ficha. Estaba nostálgica de un pasado que fue efímero, de una felicidad fugaz, de un bienestar rutinario que la abandonó. Un estado de ánimo que depende de otra persona en conjunto con mucho tiempo libre fue la combinación perfecta de sus días de mierda, y pasarlo mal en silencio la solución menos cobarde que pudo encontrar; quería saber qué coño hacer cuando la única persona que la podía ayudar era por la que estaba así. La frustración estaba ocupando cada uno de los rincones de su mente y cada rincón de su cuarto era plagado de anhelo.
Echaba de menos los días en los que se acostaban a ver una película mientras sus pies buscaban calor rozándose entre las sábanas; cuando sentía calor en su pecho; cuando sus brazos se entrelazaban en aquellas escenas que sus ojos guardarían para siempre. Sus miradas hacían fluir en ella miles de palabras que, al final, siempre callaba. Mensajes encubiertos en las pocas que les quedaban; miradas que se estaban perdiendo, al igual que los días en que se veían. Notaba cómo el tiempo se le escapaba entre sus dedos hasta el momento en el que podían encontrarse cerca, pero, a la vez, ambos muy lejos. Ella se consolaba pensando que nada es tan difícil si se intenta, una y otra vez; que los errores les fortalecían y que eran el uno para el otro, pero vas viviendo y te das cuenta de que hay más espinas que rosas.
Ella perdonaba, pero todos los malos recuerdos se juntaban como si se hubieran despertado de una larga siesta. Siempre se las ingeniaba para "no buscar la aguja y encontrarla". Lo suyo era el drama. Estaba atrapada. Sentía cómo se ahogaba perdida entre los pedazos de su corazón herido. Asustada, pero con necesidad de verle y encontrar una sola respuesta a las treinta y tres dudas que le surgieron la noche anterior. Se habían dicho "siempre", pero a veces siempre significa... eso, a veces. Él la miraba como si nada; ella como si todo. Él pensaba que ella era el infierno, y ella que el infierno era sin él. La esperanza se esfumaba como la espuma de las cervezas que solía tomarse para apaciguar su angustia. Había olvidado tomar el control de su vida. Le había dejado a su amor el privilegio de romperla durante demasiado tiempo.
Momentos de plena tristeza al saber que no iba a volver a sentirle. Finales entreabiertos entre prólogo y epílogo. No sabía la razón por la cual estaba viva. No era el tiempo la que podía curarla, sino un milagro. Y, ella, ¿se podría curar del tiempo?
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